Antología de cuentos y microrrelatosHipólito G. Navarro: "Enésima teoría de la relatividad. Y coda"
El autor:
Hipólito G. NAVARRO (Huelva, 1961) reside en Sevilla desde 1979. Autotitulado “biólogo interruptus”, es actualmente uno de los escritores de cuentos en castellano más prestigiosos. Editó la revista Sin embargo (1994-2001) dedicada al cuento, del que es firme defensor; y ha colaborado en la prensa. Sus textos se encuentran en numerosas antologías.
- Libros de relatos: El cielo está López (1990); Manías y melomanías mismamente (1992); El aburrimiento, Lester (1996); Los tigres albinos (2000); Los últimos percances (2005): Premio NH al mejor libro de cuentos del año;
- Novela: Las medusas de Niza (2001): Premio de Novela Ateneo-Ciudad de Valladolid, 2000 y Premio Andalucía de la Crítica, 2001.
La obra: Los últimos percances (Barcelona, Seix Barral, 2005)
El cuento “Enésima teoría de la relatividad y coda” aparece en Los últimos percances, obra que recoge toda la cuentística de Hipólito G. Navarro. Se trata de un autor inconfundible, que posee un particular universo creativo. Sus cuentos -en general no muy extensos, en ocasiones microrrelatos- son el resultado de una genial capacidad de narrar-reflexionando sobre las relaciones humanas, la intimidad de cada uno y el lugar que ocupamos en el mundo. No hay mucha consistencia en la vida humana, parece decirnos, eso que nos tomamos tan en serio puede decepcionarnos o resultar diferente a lo que habíamos imaginado, o sorprendernos y, simplemente, darnos un motivo para la sonrisa. No niega la dignidad de las personas; pero sugiere que acaso no alcanzamos a entender este mundo en el que estamos forzados a vivir. Hipólito G. Navarro es sensible a la complejidad del ser humano, al daño que nos infligimos, a la risa, al desconcierto que nos aturde, a las pequeñas esperanzas que alimentamos. Ama las paradojas y la verdad. Para hablar de todo ello, utiliza un lenguaje muy creativo, un estilo que se divierte en utilizar palabras que funcionan como claves ocultas, y que nos sorprende encontrar ahí. Algunos cuentos suyos son un inteligente y original juego narrativo, a veces casi una apuesta consigo mismo para ver hasta dónde se puede ir con el lenguaje sin que deje de interesarnos. Su lectura no es siempre fácil, y algunos cuentos tienen que ser abordados como un acertijo. Pero esto no es sino un aliciente más para adentrarse en su obra.
El relato: “Enésima teoría de la relatividad. Y coda”
Somos doce, todos calvos. No porque se nos haya caído el pelo, que podría ser, sino porque somos calvos de nacimiento. Como la importancia de las cosas es siempre relativa, esto de la calvicie precisamente no nos quita el sueño. Quizá nos preocupe un poco el futuro, qué habrá más allá de estas paredes, si terminaremos juntos nuestros días o si finalmente acabará cada uno por su lado, sin acordarse de los otros para nada. Pero no nos peleamos por eso. Somos doce, y todos blancos. No existen razones para que entre nosotros se den las trifulcas y los altercados de las razas o las etnias. Sabemos que en otro lugar estarán reuniéndose ahora mismo los que tienen otro color, igual da más claro o más oscuro, y que también ellos tendrán sus preocupaciones, quizá de orden radicalmente distinto de las nuestras. Lástima no haber alternado los tamaños, los colores..., hubiera sido todo mucho más divertido. Leemos en una misma página del periódico noticias que hablan de felicidad junto a crónicas que relatan batallas y tristes sucedidos, enjundiosos artículos que pretenden arreglar de una vez por todas los problemas del mundo junto a otros que se ocupan de pequeñas menudencias, apenas un guiño de humor que pasa inadvertido. Con todos ellos sin distinción nos entretenemos ahora, a la espera de lo que tenga que llegar. El tiempo que a nosotros nos toca es de todas formas tan breve... Comparado con el tiempo total que lleva dando vueltas el universo, casi da un poco de vergüenza pensarlo. Apenas un segundo estuvieron sobre la piel de este planeta algunas especies temibles y portentosas, cómo vamos a ser importantes nosotros, tan calvos además. Así que esperamos muy juntos, como digo, leyendo las noticias de esta hoja sobre la mesa de la cocina, teniendo claras tan sólo unas cuantas cosas esenciales. Saldremos del cartucho uno a uno o de dos en dos, unos para fritos, otros para cocidos o pasados por agua, quizá con suerte y con patatas dos o tres juntos y en tortilla. Y nada más. * * * Ellas, sin embargo, pretenden disentir. A su manera, quisieran pronunciarse, manifestar nuestra singularidad. Pero mi mayor volumen se impone y las aplasta. Además, ya se decidió en su momento: de las tres que habitamos este espacio, soy yo la yema portavoz. (Hipólito G. NAVARRO, Los últimos percances, 2005)
Un comentario: La perspectiva de la metáfora
Un cuento, como un poema, puede construir una metáfora. Lo que cuenta nos seduce y entretiene; pero lo que quiere decir se halla como detrás de las palabras. Y podemos descubrirlo con un momento mágico de reflexión. Eso es la lectura. Si nos colocamos en la perspectiva de esa docena de huevos (la palabra más importante es, precisamente, la que no puede decirse: he ahí la intriga); si nos colocamos a “su nivel”, descubrimos que no somos tan diferentes, más aún, ellos nos descubren quiénes somos en realidad. Nos reconocemos en grupos (la familia, el barrio, la ciudad, la clase). Nos preocupa lo que ignoramos (qué hay más allá). Nos causa aprensión no saber si la unidad que tenemos ahora la perderemos algún día y nos encontraremos solos. Desconocemos cómo se vive en otros lugares, acaso nos gustaría conocerlos. Examinamos el mundo a través de un periódico, donde coinciden desgracias y menudos consuelos en los que nadie repara. Nosotros somos débiles, impotentes. Sentimos que nada puede cambiarse. Cuando miramos en nuestra propia vida, entonces llega el momento de la sinceridad: sólo de una cosa estamos seguros; y nada más. Lo terrible del destino puede formularse con humor, que ponga distancia, o nos alivie. ¿Qué obtenemos de esa meditación? Y, no obstante, bajo una cáscara quebradiza, encogidos en un ridículo espacio frente al universo, tres seres informes compiten por ver quién es más importante. Gana el más fuerte, y escuchamos cómo justifica su triunfo. ¿Qué hemos obtenido de esa meditación? Quizá nuestras pequeñas cabezas no nos permiten mucho más.
Comentado por:
Javier Sáez de Ibarra (1961). Profesor de Lengua y Literatura de Secundaria. Autor del libro de relatos: El lector de Spinoza (Madrid, Páginas de Espuma, 2004) y de libro de poemas: Motivos (Barcelona, Icaria, 2006).
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